Dos poemas

Blanca Varela

(poeta peruana, 1926-2009)

 

DEL ORDEN DE LAS COSAS

Hasta la desesperación requiere un cierto orden.
Si pongo un número contra un muro y lo ametrallo
soy un individuo responsable. Le he quitado un
elemento peligroso a la realidad. No me queda
entonces sino asumir lo que queda: el mundo con un
número menos.
El orden en materia de creación no es diferente.
Hay diversas posturas para encarar este problema,
pero todas a la larga se equivalen. Me acuesto en
una cama o en el campo, al aire libre. Miro hacia arriba
y ya está la máquina funcionando. Un gran
ideal o una pequeña intuición van pendiente abajo.
Su única misión es conseguir llenar el cielo natural
o el falso.
Primero se verán sombras y, con suerte, uno que
otro destello; presentimiento de luz, para llamarlo
con mayor propiedad. El color es ya asunto de perseverancia
y de conocimiento del oficio.
Poner en marcha una nebulosa no es difícil, lo
hace hasta un niño. El problema está en que no se
escape, en que entre nuevamente en el campo al
primer pitazo.
Hay quienes logran en un momento dado
ponerlo todo allí arriba o aquí abajo, pero ¿pueden
conservarlo allí? Ése es el problema.
Hay que saber perder con orden. Ése es el
primer paso. El abc. Se habrá logrado una postura
sólida. Piernas arriba o piernas abajo, lo importante,
repito, es que sea sólida, permanente.
Volviendo a la desesperación: una desesperación
auténtica no se consigue de la noche a la mañana.
Hay quienes necesitan toda una vida para obtenerla.
No hablemos de esa pequeña desesperación que se
enciende y apaga como una luciérnaga. Basta una
luz más fuerte, un ruido, un golpe de viento, para
que retroceda y se desvanezca.
Y ya con esto hemos avanzado algo. Hemos
aprendido a perder conservando una postura sólida
y creemos en la eficacia de una desesperación
permanente.
Recomencemos: estamos acostados boca arriba
(en realidad la posición perfecta para crear es la de
un ahogado semienterrado en la arena). Llamemos
cielo a la nada, esa nada que ya hemos conseguido
situar. Pongamos allí la primera mancha.
Contemplémosla fijamente. Un pestañeo puede ser
fatal. Este es un acto intencional y directo, no cabe
la duda. Si logramos hacer girar la mancha
convirtiéndola en un punto móvil el contacto estará
hecho. Repetimos: desesperación, asunción del
fracaso y fe. Este último elemento es nuevo y
definitivo.
Llaman a la puerta. No importa. No perdamos
las esperanzas. Es cierto que se borró el primer
grumo, se apagó la luz de arriba. Pero se debe
contestar, desesperadamente, conservando la
posición correcta (bocarriba, etc.) y llenos de fe:
¿quién es?
Con seguridad el intruso se habrá marchado sin
esperar nuestra voz. Así es siempre. No nos queda
sino volver a empezar en el orden señalado.

 

José Antonio Ramos Sucre

(poeta venezolano, 1890-1930)

 

LA VERDAD

La golondrina conoce el calendario, divide el año
por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la golondrina
es el ordenamiento de su organismo para el vuelo,
una proporción entre el medio y el fin, entre el
método y el resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de viaje y
ha conocido desde antaño la medida del orbe
terrestre, anticipándose a los dragones infalibles del
mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su
isla de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los
anillos de Saturno y otras maravillas del espacio y
sobre el espíritu elemental del fuego, el fósforo
inquieto. Un prejuicio teológico le había inspirado el
pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad en
medio de una primavera tibia. Las golondrinas
habituadas a rodear los monumentos de un reino
difunto, erigidos conforme una aritmética
primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.