¿Cómo escribí ‘Calor de primavera’?

          Quería escribir un texto para la web que ayudase a mostrar la escritura nacida desde una actitud contempladora, lo importante de reducir el ruido mental y el trabajo que comporta sostener la atención. Lo primero que se me ocurrió fue acudir al estilo ensayístico, a modo de artículo, intercalando pensamientos propios con ejemplos extraídos de algunos textos del taller infantil “Aprender a Mirar”. Y así empecé a trabajar. Pero pronto deseché esa idea porque no me gustaba su tono, demasiado docente para esta ocasión, para este momento nuevo -más maduro y tal vez más exigente también- de ciudArte. Así que me propuse hacer otra cosa, en consonancia con la propia metodología de los talleres: mostrar sin explicar. Tuve la idea de ponerme a escribir sobre mi propio modo de acercarme a la escritura mientras contemplo, con la idea de encontrar después (analizando el trabajo) los elementos fundamentales que ayudasen a configurar el guión del taller. Hice la prueba de mirarme a mí mismo mientras salía en busca de alguna cosa donde sostener la atención.

          El calor -aquel en concreto, de finales de primavera- me pareció un buen tema, porque era real, me atraía y lo tenía a mano durante aquellos días. Empecé a tomar notas de campo, tanto sobre el calor y lo que sucedía en el entorno como sobre mis propias sensaciones y pensamientos. Intenté equilibrar esas notas de campo, en el sentido de no abusar de mis propias sensaciones y de que también estuviera suficientemente presente el entorno: lo que ocurría allí fuera, en la plaza. Es decir, equilibrar “el dentro y el afuera”, darles importancia a ambos. Acudí a tomar notas de campo a la plaza durante nueve o diez días (cada vez que lo hice le dediqué hora y media aproximadamente; siempre a la misma hora; es decir, que estuve acompañando de cerca al calor de la primavera unas quince horas). Elegí la plaza por comodidad, porque me lo tomé desde el principio como un ejercicio al que acudiría diariamente, y prefería no tener que desplazarme lejos.

          Al mismo tiempo hablé con algunos vecinos conocedores del entorno sobre la primavera y los efectos de este calor en las plantas y en las personas. “La Sole” y Jacinto me contaron varias cosas, algunas de las cuales introduje en el texto: en ese tiempo todo crecía, hasta la hierba; se sembraban las patatas tardías que recogerían en otoño; florecía el cereal, y hacía falta que cuajase la flor y granara; de ellos es también la expresión “como lengua de pájaro” y la idea de que las culebras tiraban la camisa… Otras muchas cosas igualmente interesantes no las usé, por una cuestión de equilibrio, de no cargar excesivamente el peso sobre ningún elemento, tampoco sobre los conocimientos del entorno. Fernando me enseñó su huerto y allí vi despacio cómo se abrían las hojas nuevas de los tomates y cómo despuntaban los racimos en las parras. Fue él el que me contó que ahora era cuando más cantaban los pájaros. Aquellas conversaciones también afianzaron la unidad del texto (en el tema y en el tono). Desde luego nuestras charlas se desarrollaron libremente, aunque yo las encauzara varias veces para no perder la unidad.

          Y mientras, sobre todo en el silencio de las noches, que es cuando escribo habitualmente (aunque también a otras horas del día si alguna nota de campo recién tomada me pedía ponerme enseguida a buscarle hueco en el texto), iba reescribiendo; llevando esas notas al orden de las frases y los párrafos. Procuré seguir un orden real: presentación, ruido mental (trama), paulatina concentración en el calor, relación entre lo de dentro y lo de afuera… Trabajé especialmente el inicio y el final, siempre vitales en un texto (los cambié varias veces antes de encontrar los que me parecieron convenientes). Fui introduciendo, cada día, las sucesivas notas de campo en ese orden que se iba creando: borrando frases o palabras que no me parecían acertadas, a veces añadiendo otras, cambiando una frase de párrafo, variando el orden de párrafos enteros o de parte de ellos… Este trabajo tan hermoso -ver cómo se va formando la obra de arte- es fundamental en la reescritura, para entender bien lo que significan la unidad y el equilibrio de ritmo, tema y tono. Eso es para mí la armonía.

          Conforme pasaban los días iba viendo qué partes había que desarrollar aún más, a qué zonas del texto les faltaba algo -sentimientos sobre el calor, imágenes del entorno, pensamientos…- y en ellas centraba mi observación al día siguiente. A veces eran matices, como la temperatura, o elementos más importantes como el sentir con los ojos cerrados, por ejemplo. Por supuesto, también leía en voz alta para escuchar mejor el ritmo que pedía el texto; y para descubrir palabras repetidas, cacofonías, ideas redundantes… Busqué pequeñas metáforas en las frases que hicieran más bella la narración y pensé despacio la metáfora global, que es la que proporciona esa unidad de fondo a todo el texto. La cita de Clarice Lispector la encontré leyendo un libro -no casual- y me pareció muy acertada para presentar aquello que estaba escribiendo y contribuir a su unidad. De hecho, volver a ella al final del texto fue para mí una idea luminosa.

          Procuré que el texto fuese visual, conceptual y emotivo. Esas tres características son para mí esenciales porque reflejan mejor la vida. Y cuando ya estaba bastante trabajado procuré cuidar especialmente el vocabulario empleado, para ayudar al tono general del texto y porque me parece fundamental ampliar el mío usando palabras nuevas que voy entresacando de mis lecturas cada año.

          En total habré dedicado 40 horas a la reescritura.

          En tan poco margen de tiempo (diez o doce días) apenas hay momentos de frustración, aunque sí tuve problemas con el comienzo (para ajustar la voz del narrador) y con el tiempo narrativo (que no resultase estático el texto, ya que la “acción” se desarrolla en un lugar fijo).

          Y no se me ocurre nada más que decir, salvo que espero que sean útiles estas anotaciones.

© Francisco Ramírez Viu, 2016