Calor de primavera

Francisco Ramírez Viu

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Solo aproximándonos con humildad a la cosa es que ella no escapa totalmente.

Clarice Lispector

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            Después de caminar un rato por el campo y por los huertos, me he sentado en uno de los bancos de madera que hay en la plaza. Deposito el cuaderno y lo dejo abierto a mi lado. Es media tarde, el sol brilla intensamente en un azul casi sin nubes. Junto a su calor siento también el frescor de las últimas lluvias que han empapado la tierra. En esta primavera amable todo crece, hasta la hierba. Despuntan los racimos en las parras, el campo germina por dentro, los pájaros están criando, poniendo huevos. Ahora es cuando más cantan. Los vecinos cuidan sus huertos, siembran las patatas tardías que recogerán en otoño. Crecen el trigo, las cebollas, las judías, los tomates… Las hojas nuevas nacen pequeñas y encogidas, plegadas, y se van abriendo al contacto con el aire; como si fuesen alas que más tarde removerá el viento. El calor las invita a salir de su madriguera; las invita a salir a la superficie.

            Son días largos en los que un sol beneficioso, sosegado, calienta la tierra sin quemarla. Inclino mi cabeza hacia atrás, apoyando la nuca en el borde del banco. Respiro profundamente y cierro los ojos. Durante unos segundos solo siento placidez, hasta que de improviso, como venida de otro mundo, empiezo a escuchar la voz azogada de mi mente: la inquietud ante un asunto que no he terminado de resolver, planificar mis próximas citas, correos pendientes… Sigo notando el sol aquí fuera, detrás de mis párpados cerrados, pero envuelto ya en un murmullo de fondo que me distancia del entorno. Abro los ojos, tal vez sorprendido por este hecho, y pienso en la dificultad que entraña contemplar en quietud; sostener en calma mi atención. Sé que necesito depositarla sobre algo: mis sentidos están hechos para eso, mi mente también. Me pregunto si este ruido no será más que el zumbido de una atención dispersa, que no encuentra lugar donde posarse; tratando de orientarse en la compleja realidad y haciéndose inmediatamente presente en cuanto surge el silencio. Desde luego, no quiero hacerle caso. Sé que desaparecerá cuando me concentre en algo, en algo que me merezca la pena y a lo que pueda entregarme con verdad. Y cierro otra vez los ojos procurando sostener la atención en el calor…

            Me mantengo así unos segundos, alternando las sensaciones del sol en mi cara, en las mejillas, con pensamientos incompletos pero insistentes: sonrío ante la tozudez de mi mente. Tal vez no sea tanta la oscuridad desconocida que encierra dentro, pero sí es farragoso su ruido. Su cantinela aparenta esconder mucho más de lo que en realidad oculta. Es una voz siempre en guardia, como el rumor de fondo de un mar agitado. Es imposible que el silencio pueda convivir con este ruido y me pregunto entonces cómo vamos a encontrar en la sociedad silencio o quietud desde aquí, desde esta agitación de la mente; desde este ajetreo que puede llegar a convertirse en una dependencia inconsciente. Vuelvo a abrir los ojos y constato la importancia de saber reconducir el pensar y el sentir lejos de esta dependencia. Por eso prefiero sentir el sol en la cara, centrarme en eso nada más y acallar los pensamientos. Cierro los ojos nuevamente y me concentro: recibo su calor, y poco a poco, como una marea que sube lentamente, voy sintiendo cómo inunda mi cuerpo.

            Es una sensación de peso y ligereza al mismo tiempo. El calor de estos días de primavera apacigua, reconforta. Me voy llenando de él, de su energía; mi respiración se va pausando. Paulatinamente se va desliendo el ruido de fondo: percibo cómo baja de tono, cómo se deshilacha… A la par que mengua el ruido, lo de fuera cobra más viveza. Oigo al viento remover las hojas secas de la plaza… Abro más las piernas, extiendo los brazos sobre el respaldo del banco y mantengo los ojos cerrados. Las hojas secas se mueven por el suelo de la plaza, escucho el canto de los pájaros… Distingo al mirlo y al gorrión, varias veces; y poco después a la curruca. Pero hay más cantos que desconozco. Y cada vez que se levanta la brisa las hojas caídas caminan por la plaza. Algunas suenan como pisadas, otras son cuerpos que crujen y se arrastran.

            Mis ojos se vuelven a abrir. Me gusta que sea así: que se abran y se cierren por sí mismos. No fuerzo nada, ya me voy acostumbrando a este modo de acercarme a la realidad, con humildad y respeto; también conmigo mismo. Ahora todo está un poco más cerca, me siento integrado de nuevo en el entorno. Miro las hojas caídas sobre las losas de piedra, sigo oyendo a los pájaros… y el vibrante sonido de sus alas cuando vuelan cerca. El seco reclamo de la curruca me trae el recuerdo de la carraca de madera que solíamos tocar en algunas fiestas, hace ya muchos años. Me pregunto si etimológicamente guardarán alguna relación. Ahora que se acrecienta el sentido del oído comprendo que siempre ha estado ahí, aunque en tantas ocasiones espere recluido, sin ser él mismo escuchado. Vuelvo a sentir peso y ligereza al mismo tiempo. Me descalzo y me quito los calcetines para advertir mejor el suelo de la plaza y su calor. Apoyo las plantas de los pies… y lo encuentro tibio. Las hojas de los aligustres se contonean en un vaivén mínimo. Cae una hoja, probablemente una de las pocas que aún quedan muertas en sus lustrosas copas. La luz clara, el cielo azul con poquísimas nubes casi traslúcidas… Las cosas ya no están tan fuera, ni yo tan escondido dentro.

            De nuevo cierro los ojos… Lo más cálido es el hierro forjado de los reposabrazos del banco. Los tablones de madera que sirven de asiento están más calientes que el respaldo, hecho también de la misma madera. Parece que lo que más tarda en calentarse es este suelo de piedra. Noto la diferencia entre la temperatura de mi cuello y la de la planta de mis pies… Comienza el asombro, más allá de lo visible, de lo inmediatamente visible. Y noto también como se va asentando la quietud. Acercarse a ella, hacerla posible, se vuelve más fácil a través de la actitud contempladora: sentir y pensar desde un centro del ser en calma, pero con los sentidos despiertos; retirados del bullicio de la mente y de la sobrexcitación de las emociones. Para mí es también un modo amable y provechoso de aprender a vivir la soledad, de no escapar de ella; de esta soledad creadora que es el cauce de mi escritura, el manantial desde donde escribo. Oigo un coche que arranca y se va, dando la vuelta a la plaza. Pero no lo miro. Me llega la gravedad de dos voces, la cadencia de sus sonidos, el intervalo de sus silencios… El calor está ya presente bajo todos estos acontecimientos.

            Aprovecho para esbozar algunas notas de campo a las que luego daré forma. Constato nuevamente lo saludable de sentir mi interior en un entorno que lo acoge. Por eso asumo el trabajo -si es que se puede llamar así-, la responsabilidad de acudir a lugares donde también puedo dar forma a mi persona. Me gusta aprender a contemplar en entornos que favorecen la escucha, el sentir de mí mismo, de lo que pasa por dentro; y que al mismo tiempo ofrecen la posibilidad de sacarlo fuera. Salir de la madriguera… de mi azacanada mente; transformar mi actitud ante lo que veo y ante lo que siento; también conmigo mismo. Eso es para mí escribir… formarme y crecer: granar, como el cereal. Ahora están florecidos el trigo y la cebada. Pero hace falta que cuaje la flor y grane bien, si no quedará muy seco el grano y demasiado fino:  “como lengua de pájaro” dicen por aquí. Y también dicen que la brisa del norte ayuda a granar. Es en el silencio donde las palabras que surgen pueden ser escuchadas, suenan con la misma claridad de la tarde. En ellas aprendo a descubrir lo que viene de lo hondo, lo que atesora algún secreto y lo que sobra. En esta tarde tan clara, tan limpia, se abre un espacio habitable para el pensar y el sentir. Gorjea un gorrión y oigo el motor de una sierra eléctrica segando la hierba dos o tres calles más abajo, cerca de la ermita. Pero no hay ruido dentro. Ya no lo escucho. Siento el calor, su tacto suave, y el aire aromado de la sierra. Es el calor el que me lleva, y escribo desde ahí…

            Siento pequeños remolinos sobre el vello de mis brazos. Imagino diminutas corrientes térmicas, similares a las que impulsan a los buitres y los elevan en espiral en el aire. Abro y cierro los ojos varias veces. Transcurre el tiempo, pasan los minutos sin ser consciente de ningún pensamiento, de ninguna sensación concreta. Cada vez que regreso me siento cálidamente sostenido. El calor se asienta en los poros de mi piel y desciende sobre la tierra. Mi “yo” alerta ha desaparecido, disuelto en la percepción de este estado vibratorio de la luz. Una lagartija se adormece alebrada en una piedra. Sube esta marea que no desborda; queda mansa, arriba, muy arriba; en el corazón y en la cabeza. Rendir la cabeza a la luz… Ofrezco una herida que tengo en el cuello, y noto el calor solo en sus bordes. Después, muy poco a poco, voy sintiendo también cómo penetra en ella por sus grietas y hendiduras. Ofrezco también mis otras heridas, las que conozco y las que, desconocidas, rezuman aún su frío de caverna. Me adormezco como la lagartija mientras el calor se adentra lentamente en lo profundo de las heridas. Me pregunto si mi cuerpo absorberá el calor a tragos, a sorbos… ¿Es así como recibo yo la luz, la realidad?

            El sol va calentando la tierra por dentro pacientemente, y a mí; en un ritmo sostenido, reconfortante. Va deshaciendo el frío que aún pudiera cobijarse bajo tierra, en las heridas del corazón; haciendo posible la vida, el nacer y el renacer. Brotar parece ahora una hermosa manera de poner en contacto lo de dentro con lo de fuera, permitir el abrirse de las hojas y el vuelo…. Como las alas y las hojas, también mi ser se despliega en el tono y en el ritmo en que desea vivir. Desde la quietud puedo crecer en confianza, sostenido por una mano hecha de luz y de aire…; de una luz silenciosa, tan entremezclada con la brisa.

            Confiado, rindo mi cabeza al calor que ni pesa ni quema. Apenas exige la entrega de mis sentidos, los acoge y adormece. Adormeciéndolos los renueva y reconforta. Escribo también para agradecer este amparo. Me renuevo como renuevan en este tiempo su piel las culebras, que tiran las camisas enteras, hasta la cabeza. Contemplar… Escribir… Vivir… Sin prisa, sin urgencia; con la vocación de acercarme a las cosas un día y otro. Y a mí mismo. Tal vez, si procuro hacerlo con humildad, ni ellas ni mi ser se alejen totalmente de este yo que ahora escribe. Este calor es amparo de lo que nace, sí; de lo que puede ser transformado. Vuelvo a perder la conciencia de los pensamientos y de las sensaciones… Me gustaría seguir creciendo así… Y así lo pido ahora; al sol que desciende, a la brisa que ayuda a granar. Y también lo pido para el mundo. Poder crecer al calor de esta primavera…

 

 

 

© Francisco Ramírez Viu, 2016.

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