Ayer y hoy

Ayer…

Del nebuloso mundo de la infancia a menudo surgen y me acompañan un trecho los dos o tres recuerdos que van unidos a mis solitarios encuentros con la palabra. El primero de ellos tiene que ver con el libro guardado en el lugar más inaccesible de la casa familiar: una guía ortográfica que pertenecía a mi padre. Por la puerta entornada de su gabinete solía verla yo, de pasada, camino de mis cosas, erguida ella, de pie, con sus mayúsculas en rojo, apoyado el lomo en la cristalera del armario donde se celaban las armas y la munición de mi padre que era guardia civil. Otros recuerdos, incluso más nítidos, me trasladan al momento de ser consciente de que ya leía de corrido, como si así, sin más, yo que nunca había ido en ella, supiese montar en bicicleta. Hallar luego en la guía de mi padre, a hurtadillas, cuando él estaba de servicio, los ejemplos de las palabras para mí más difíciles de escribir (jilguero, jirafa, gerifalte, gitano), palabras que quizá acababa de dictarme el maestro en la escuela… hallarlas entonces ahí era algo extraordinario que hacía incrementar mis esfuerzos por aprender a leer y escribir correctamente.

Esa especie de juego embrujado contribuyó a que me fijara intensamente en el aspecto externo de las palabras… A veces ellas, ya en su forma, en su filigrana gráfica, pensaba, adelantaban lo que significaban y, en mi imaginación de niño, sus contornos se encendían y apagaban como si estuvieran hechos de alambre incandescente, del filamento de las bombillas que al encenderse delineaban con su luz la imagen de un jilguero y hasta revelaban sus colores; hacían estirar el cuello a la jirafa y pensaba yo que ese nombre al animal le iba de perlas, con la jota iluminada que dibujaba una figura aparentemente tan grácil como ella; y me parecía normal que aunque gitano sonase a llevar una jota, se escribiera con ge, pues ellos, los gitanos, yo era amigo de uno, solían tener la cabeza grande y una abundosa mata de pelo rizado en ella… Estos pequeños trucos que me agenciaba me ayudaron a recordar la ortografía de los vocablos nuevos, incluso la de los más difíciles de escribir… La palabra gerifalte, por desconocida, no me decía nada; me gustaba, pero nada más, no me inspiraba, no se encendía al nombrarla como las otras; y así tuve que preguntar por ella a don Antonio, que era mi maestro; él la miró por mí en el diccionario, la encontró y me dedicó una sonrisa de complacencia.

Así, de los ocho a los diez años, fui enriqueciendo mi vocabulario, especialmente el bélico; aprendí la historia y la geografía de andar por casa leyendo las historietas, las novelas de aventuras gráficas que circulaban entre los chicos de mi edad, cuentos que nos cambiábamos en el recreo y a los que dábamos el genérico y humilde nombre de “tebeos”.

Algo casi tan novelesco, aunque menos trágico que las hazañas bélicas que entonces devoraba, vino a cambiar mi vida de niño de pueblo. Apenas cumplidos los diez años fui enviado interno al colegio que los Hermanos Maristas dirigían en Pamplona. Año tras año, con ellos, fui aprobando cursos y pasando de un centro lejano a otro aún más alejado de casa. La docencia parecía ser el futuro que me aguardaba, la docencia y la oración en el seno de una orden religiosa. En sus colegios crecí, me formé física y espiritualmente y aprendí a convivir con otros muchachos de mi edad. La palabra escrita, sin embargo, la acompañadora, había dejado de ser un juego estimulante y creativo para convertirse en algo serio y esencial para el aprendizaje de mi posterior dedicación a la enseñanza. No era lo mismo, ya no se daba el antiguo alumbrarse de la palabra, marcando sus perfiles, como si fuese la luz de un descubrimiento. En las aulas del bachillerato me acostumbraría a estudiar interiorizando, en silencio, sin aquel murmullo colectivo, esa especie de zumbido de abeja que en las escuelas de los pueblos sobrevolaba las cabezas de los niños en clase.

Un mundo nuevo, por desconocido y variado, se había abierto ante mí, pero era tan inabarcable y extraño que no deslumbraba. ¿Adónde había ido a parar, a qué cajón de mago, la palabra intuida en edad temprana? ¿Qué había sido de ella, de la salvadora, la encarnada en vida para habitar entre nosotros, como me decían los frailes? ¿Cómo iba a mostrarla a los demás más adelante si no la sentía? Leía mucho, sí, estudiaba y disfrutaba con la asignatura de lengua y literatura… pero era un conocer libresco, superficial, y aún no sabía que no había aprendido a leer de verdad. La nostalgia de la luz creció en mí y con ella el vacío. El hueco interior creado, hondo y seco como un pozo sahariano, se vio anegado con la avenida de lo espiritual iniciada ya a los catorce años, y cuyo hito relevante sería la ceremonia (en un dos de julio radiante, amanecido azul y verde) de la toma del hábito y la proclamación de los votos de pobreza, castidad y obediencia… Todo tan fácil, como una obra de teatro escolar, como si no me fuese la vida en ello, a mis tiernos quince años de muchacho de aldea. Con los ritos iniciáticos comenzó, a pesar de la cegadora luz del mundo en el que me había sumergido, el más oscuro de los tiempos: el noviciado. Tan cerca de Dios, pensaba, tan atado a Él por promesas… que no acertaba a sentir su calor. ¡Dios mío, nadie nos habría de decir, jamás, por qué la vida palpitaba de ese modo en lo que me rodeaba, en mí mismo! Años de aprendizaje para lo que me aguardaba, días de ir haciéndome joven, de llegar a adulto. Durante aquel tiempo largo nadie me llevaría al encuentro deslumbrante con la palabra, nadie volvió a iluminar para mí sustantivos con el acero incandescente de un jilguero, un gitano, una jirafa o un gerifalte… Se me había agotado la luz, se me había acabado el tiempo.

A los dieciocho años dejé el internado. La formación académica para mí diseñada, el futuro ideado por aquellos religiosos quedó partido en dos por mi decisión de abandonar. Sentí, al dejarlos, que me llevaba a cuestas la orfandad de la palabra escrita, la de la palabra de Dios y la orfandad, ya nunca plenamente recuperada, de la familia. La palabra de Dios, su eco, me iba a acompañar todavía durante un buen trecho del camino.

Hoy…

Cinco décadas han transcurrido desde entonces. Cincuenta años en la penumbra del recuerdo de la luz. No hace mucho, una crisis del cuerpo y del espíritu vino en mi ayuda, y me puso en la tesitura de cambiar de trabajo o dejar definitivamente de ser persona. Superado el tiempo de hospitalización, acabada la convalecencia, pude dejar sin demasiado esfuerzo la antigua ocupación y emplearme como auxiliar administrativo en la Oficina Municipal de Atención al Ciudadano en Costa Calma, en la isla de Fuerteventura, dedicación más cercana a mis gustos y capacidades.

Un poco más tarde, en el dos mil nueve, establecí contacto, casualmente, con Francisco Ramírez Viu. Los sucesivos encuentros con él ayudaron a mi determinación de inscribirme en el Taller de Creación Literaria creado y dirigido por él mismo. Paulatinamente, conforme sentía que me iba acercando a la palabra, notaba que mi vida se iluminaba y adquiría sentido. Comenzaba a conocerme a mí mismo, a descubrir el silencio y la contemplación, como si fuese la primera vez que me hallaba entre ellos… Ya no era el infantil deslumbramiento ante las palabras oídas y dibujadas por primera vez. Era algo maduro, pasado por el tamiz del tiempo y la ausencia. En el nuevo ámbito bastaba con abrir intencionadamente un libro para que la claridad liberada saliese al aire iluminando los ojos de complicidad. Allí estaban abandonados, presos, los textos, los párrafos, las frases, las palabras con su sencillez de obra perfecta. Era algo semejante, aunque ya real, a lo que los frailes de los años de internado habían diseñado para mí… ignorantes, ellos, de que cada uno ha de tener su tiempo, de que aquel no era todavía el mío, no estaba yo en sazón para fruto tan espléndido como el que de mí se esperaba. Por eso necesitaba de la palabra, para dejar de sentir adentro el hueco de pozo sahariano, la soledad de la ausencia. Por eso fue tan importante el encuentro con Francisco y con su inspiradora María Zambrano, con los talleres de creación literaria basados en su pensamiento, el reencuentro con la palabra escrita.

Un día, después de clase, Francisco me habló aparte. Sentí su mano apoyada en mi hombro y escuché cómo me hablaba animándome, haciéndome entrega simbólica de la llama de la palabra escrita, de la creación literaria, con el encargo de sostenerlas, de hacerlas crecer. Agradecí su convicción y su confianza, acepté la encomienda. La recepción de la palabra escrita como si fuese una llama, con todo lo que significaba de vocación consciente y de esfuerzo, hizo que –si aún quedaba algo de él- el vacío, viejo compañero de viaje, desapareciera definitivamente de mi vida. Hoy soy consciente de la responsabilidad conmigo mismo y con los demás; estoy convencido de que, por muy oscura que sea la noche, por recio que sople el viento, la llama recibida habrá de seguir parpadeando en las sombras.

El deslumbramiento de la palabra, el reencuentro con su embrujo, se va depositando en este pozo que sigo siendo, permanece en mí de forma cada día más madura y responsable. Me siento agradecido. A veces me pregunto cómo haré para transformar mi gratitud en actos. Mostraré lo generosamente recibido, ayudaré a que otros participen de su luz y calor. Seré fiel a las nuevas promesas. Formaré parte del Ámbito de Ciudarte y de sus programas: “Aprender a Mirar”, “Los Talleres de lo Personal y lo Poético” y otros que habrán de llegar. En estos días de otoño -mientras revivo la encomienda de la llama, dudo y consulto- espigo algún que otro pensamiento en el libro de Clarice Lispector, “Un soplo de vida”, donde dice: “¿Escribo o no escribo? Querría escribir un libro. Pero ¿dónde están las palabras? Se agotaron los significados. Nos comunicamos como sordomudos con las manos. ¿Será demasiado horrible querer adentrase en uno mismo hasta el límpido yo?” En esas ando, pero ya no camino solo.

© Valentín Claveras, 2016

 

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